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Red Internacional
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DEBATE PODEMOS. Ante la crisis de la UE y el auge de la xenofobia: ¿una Internacional reformista 2.0?

Dirigentes de Podemos, Die Linke e intelectuales de izquierda han lanzado el manifiesto “Hacia una revolución democrática en Europa”, como alternativa frente al auge de la extrema derecha.

Josefina L. Martínez

Josefina L. Martínez @josefinamar14

Martes 11 de abril de 2017

Foto: Twitter @LolaPodemosEu

La conferencia “Muros no, puentes” que se realizará a fines de abril en Madrid tiene el objetivo de agrupar a fuerzas de la izquierda, intelectuales y movimientos sociales, apuntando a un posible frente electoral para las elecciones europeas del 2019.

En su manifiesto señalan: “La solución de las élites se presenta como un binomio cerrado, como si no hubiera alternativa entre, por un lado, la Unión Europea neoliberal, la Europa Fortaleza y de los mercados y, por otro, los repliegues nacional-identitarios en clave excluyente y xenófoba. Pero nos negamos a caer en esa trampa. El fundamentalismo de mercado y el populismo xenófobo se buscan y retroalimentan, pero no son las opciones que necesitan las gentes de Europa.”

“Contra la xenofobia, el neoliberalismo y el patriarcado” proponen luchar por una Europa “abierta, inclusiva, democrática, solidaria, justa e igualitaria”, “Nuestra Europa”. El manifiesto lo han firmado, entre otros, Noam Chomsky, Susan George (ATTAC), Yanis Varoufakis, Pablo Iglesias (PODEMOS), Miguel Urbán (Anticapitalistas), Gabriele Zimmer (Die Linke), Catarina Martins (Bloco d´Esquerda), Eric Toussaint, Marina Albiol (IU), Íñigo Errejón, Chantal Mouffe, “Kichi” (Alcalde de Cádiz por Anticapitalistas), Adam Klug (Peoples Momentum), Nicola Fratoianni (Sinistra Italiana).

La propuesta de una “Internacional democrática” es un intento para retomar la iniciativa internacional por parte de la izquierda europea neorreformista, después de la catástrofe del 2015 con Syriza y ante el ascenso de la extrema derecha en Europa. Sin embargo, este manifiesto tiene enormes límites y contradicciones.

¿Hacia una revolución democrática en Europa?

Los firmantes del manifiesto proponen construir una Europa que contemple “los derechos” y la “justicia social”, que “despliegue políticas favorables al mundo del trabajo”, instaure un “sistema fiscal progresivo y verdaderamente redistributivo”, “audite las deudas públicas ilegítimas y reconduzca las inversiones militares y securitarias a programas sociales”. Que “construya instituciones supranacionales plenamente democráticas y participadas”, entre otras medidas, y finalmente, que su política exterior esté guiada por la “paz, la justicia social y climática y los Derechos Humanos”.

Todo un catálogo de buenas intenciones, pero lamentablemente, palabras vacías que chocan con la realidad de la Europa del capital donde los monopolios y los Estados imperialistas imponen a sangre y fuego sus intereses, a costa de la explotación y la opresión de millones de trabajadores, nativos e inmigrantes.

Las propuestas no solo son medidas cosméticas, sino que tampoco se plantean una lucha mínimamente consecuente para imponerlas. ¿Es que consideran que se puede “reorientar” los gastos militares de la OTAN hacia políticas sociales convenciendo a los capitalistas de que es lo mejor para “la paz mundial”?

El manifiesto esboza un programa neokeynesiano light, tibias medidas que son impotentes para frenar la devastación social y económica de las elites capitalistas. El manifiesto, además, se basa en un narcisismo europeísta que recuerda las declaraciones de la socialdemocracia en los años 90, cuando postulaban que Europa representaba “las esperanzas de bienestar, libertad y derechos para millones de personas”, como dicen ahora los firmantes del Manifiesto. Su intención es (‘¿volver?’, ‘¿avanzar?’) hacia una “Europa democrática”, como si la Unión Europa no hubiera sido siempre un bloque imperialista para defender los intereses de los capitalistas, lo que explica toda su arquitectura burocrática y reaccionaria.

La crisis actual de la UE demuestra lo equivocado de las visiones utópicas de que se podía avanzar en la construcción de una superestructura supranacional democrática europea, como si fuera posible una superación pacífica y gradual de la etapa imperialista en los marcos capitalistas. Una ilusión que hoy quieren recrear desde Podemos y la izquierda reformista europea.

Pero el límite del manifiesto no se encuentra solo en lo que dice, sino también en lo que no dice: aunque parezca increíble no se nombra ni una sola vez a Syriza. La única referencia a lo ocurrido en Grecia es una frase general: “Hace un año la crisis griega mostró los límites que implica intentar cambiar en solitario esta UE realmente existente.” Es decir, que se pretende hacer “borrón y cuenta nueva” sin sacar conclusiones de la experiencia más trágica de la izquierda reformista europea de los últimos años.

La estrategia de la izquierda reformista es acumular espacios institucionales en los Parlamentos y en un futuro indeterminado lograr varios “gobiernos de izquierda” en Europa que puedan sumar fuerzas para “cambiar las reglas del juego” en la UE. Plantean que el problema de Grecia fue que “lo intentó en solitario”, cuando el verdadero problema es que Syriza adhería a un programa “antineoliberal” que mostró toda su impotencia ante los poderes reales de la Europa del Capital, llevando a que Tsipras se transformara en un agente directo de los planes de la Troika.

La experiencia de Syriza, y en menor escala la de los “ayuntamientos del cambio” en España, o los gobiernos regionales de Die Linke en Alemania en alianza con los socialdemócratas muestran que la estrategia de gestión de las instituciones del Estado no lleva más que a administrar “con cara humana” la miseria, porque la clase capitalista sigue en el control de las palancas de la economía y el Estado.

Sin desplegar la fuerza de la clase trabajadora, de millones de trabajadoras y trabajadores, nativos e inmigrantes, para paralizar la economía y abrir el camino de la lucha contra el capitalismo es imposible oponer una alternativa realista a la crisis actual.

Hace más de cien años Rosa Luxemburgo polemizaba con el revisionismo de Bernstein, advirtiendo algo que hoy mantiene plena vigencia “Puesto que las reformas sociales no pueden ofrecer más que promesas carentes de contenido, la consecuencia lógica de semejante programa será necesariamente la desilusión.”

Es necesario un programa anticapitalista e internacionalista contra la Europa del capital y la xenofobia

El debate sobre la crisis de la Unión Europea ha generado diferentes realineamientos en las corrientes políticas. En el mapa de la izquierda europea sigue siendo mayoritaria un ala claramente europeísta (Podemos, Die Linke, IU, el movimiento DIEM25 de Varoufakis, etc). Partiendo de rechazar los planes de austeridad, plantean la posibilidad de reformar o democratizar la UE, obviando su carácter imperialista y reaccionario.

Por otro lado, ha emergido un ala más soberanista, agrupada alrededor de un “Plan B”. En el caso de Melenchon, dirigente de “Francia Insumisa”, dice que su ‘plan A’ es imponer, apoyándose en la “grandeza de Francia”, una renegociación de los tratados europeos y que, si “no nos escuchan”, hay que romper unilateralmente y negociar en mejor relación de fuerzas, un plan B (aunque nadie sabe bien de qué se trata). Es decir, un discurso “soberanista” como parte de su campaña electoral y la disputa con la extrema derecha, pero que sigue apostando por salvar la moneda única y la UE. Como ala más radical del Plan B se ubican intelectuales como Frédéric Lordon o partidos como el KKE griego, que plantean una salida inmediata del Euro. Ven la lucha por “salir de la UE” y abandonar el Euro como un fin en sí mismo, una etapa necesaria, en los marcos de un “capitalismo nacional” que recupere la soberanía frente a Bruselas.

Las dos grandes posiciones que dirimen a la izquierda europea entre europeístas y soberanistas son igualmente reformistas y llevan a un callejón sin salida. Para enfrentar las políticas de la Europa del capital y la xenofobia de la extrema derecha, los trabajadores tienen que levantar un programa para que la crisis la paguen los capitalistas.

Un programa transicional que permita superar la fragmentación de las filas obreras, combatir la xenofobia y ganar a los sectores medios arruinados por la crisis, que, de lo contrario, se transforman en base social de la demagogia de la extrema derecha.

Un programa que apunte a expropiar a los expropiadores, con medidas de emergencia como el reparto de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles con un aumento del salario mínimo, la nacionalización de la banca y sectores estratégicos de la economía bajo control de los trabajadores, el no pago de la deuda (y la lucha por la condonación de las deudas desde los países acreedores), la ruptura de todos los pactos y tratados de la Unión Europea y el cese de todas las medidas racistas y xenófobas de persecución a los inmigrantes. Un programa que solo puede llevarse adelante por medio del desarrollo de la lucha de clase en toda Europa, recuperando el método de las huelgas generales y superando la pasividad impuesta por las direcciones sindicales y las ilusiones “parlamentaristas” del nuevo reformismo.

Estas son algunas medidas elementales, como parte de un programa anticapitalista y de clase, para luchar contra los distintos gobiernos ajustadores y contra la “troika”, por gobiernos de trabajadores, en la perspectiva estratégica de los Estados Unidos Socialistas de Europa. Esta es la única salida progresiva para los trabajadores y los pueblos oprimidos.


Josefina L. Martínez

Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.

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