Cualquiera que haya escuchado Blackstar, el último disco de David Bowie, se habrá conmovido por la oscura potencia de su instrumentación. Lejos (o cerca, después de todo, el sello de Bowie es inconfundible) de los aires pop que caracterizaron a The next day, el álbum previo, en Blackstar la mirada introspectiva y melancólica se cuela por un entramado instrumental que, aún enhebrando un sonido propio, parte de una geografía sonora diferente: la del jazz.
Una batería tan potente como sutil que hace quedar grises a las bases electrónicas con las que más de uno la habrá confundido, un saxo serpenteante y voluptuoso cuyos en contrapuntos melódicos con la voz del duque blanco recién empiezan a ser asimilados, un bajo eléctrico tan presente como delicado, y un teclado, conforman la unidad de elementos inseparables que distinguen al mejor jazz, y en particular el jazz neoyorquino.
La historia del disco ya fue contada varias veces: una noche de domingo primaveral de 2014, Bowie caminó hasta el 55 bar, un clásico del West Village, el corazón jazzero de Nueva York, a ver un cuarteto que le habían recomendado, el del saxofonista Donny McCaslin. Los músicos no lo podían creer. Bowie se fue sin decir palabra. Diez días después, por mail, los invitaba al saxofonista y su baterista, Mark Giuliana, a su estudio a tocar sobre un par de temas. En enero, toda la banda, aún sorprendida, estaba en los estudios para grabar Blackstar.
Escena del videoclip de "Lazarus". Segundo corte de Blackstar
"La meta de Bowie, en muchos muchos sentidos, era evitar el rock and roll", comentó Tony Visconti, productor del disco, señalando que Bowie estaba impactado por la apertura musical del hip hop de Kendrik Lamar, y en este sentido, la banda de McCaslin podía tocar lo que se le ocurriera.
Sin más prólogo, dejamos a los lectores con una muy reciente presentación de la banda, interpretando, entre dos temas propios, una versión de "Lazarus", una de las insignias de Blackstar.