La semana pasada, Monsanto rechazó una oferta de compra por parte de la multinacional Bayer. ¿Cuáles son los motivos de estas megafusiones?
Domingo 29 de mayo de 2016 15:10
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Esta semana fuimos sorprendidos por la enorme oferta que la multinacional química y farmacéutica Bayer realizó por el gigante del agronegocio Monsanto. La sorpresa por el número, 62.000 millones de dólares, creció más cuando Monsanto decidió rechazarla por “insuficiente”. Por otra parte, hay rumores crecientes de una nueva oferta por parte de la multinacional BASF. No deberíamos sorprendernos, porque el mundo de las grandes corporaciones agroquímicas y semilleras está en efervescencia desde el año pasado.
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Hasta hace poco este negocio era dominado por seis grandes empresas: BASF es una compañía química alemana, la mayor a nivel mundial. El año pasado reportó ventas por más de 70.000 millones de euros. Dow Chemical está especializada en la producción de productos químicos, plásticos y productos agrícolas. Con sede en Michigan, EE.UU, sus ventas anuales se estiman en 49.000 millones de dólares. DuPont es otra empresa química estadounidense, pero con fuertes inversiones en biotecnología. Reportó ventas en 2015 por 25.000 millones de dólares. Bayer es una compañía alemana sumamente conocida como productora de medicamentos, pero también produce químicos agrícolas y tiene una división de biotecnología. Sus ventas en el último año fueron de 46.300 millones de euros. Finalmente, dentro de las empresas que producen tanto semillas como agroquímicos, se encuentran la suiza Syngenta, con ventas en 2015 de 13.400 millones de dólares, y la estadounidense Monsanto, con ventas por 15.000 millones de dólares el mismo año.
La historia oscura de la mayoría de estas compañías sería larga de contar, incluso excluyendo a Monsanto. Por ejemplo, de 1925 a 1945, BASF y Bayer fueron centrales en la economía nazi, fabricando, entre otras cosas, el gas letal Zyklon B. DuPont fabricó hasta 1988 clorofluorocarbonos (CFCs), los principales responsables del daño a la capa de ozono. Dow fue una de las fabricantes de napalm y agente naranja durante la guerra de Vietnam, y una de sus subsidiarias fue responsable del desastre de Bhopal, en 1984.
Dentro del “juego de tronos” del último semestre, Dow Chemical anunció en diciembre pasado su fusión con DuPont, creando la mayor industria química global. Sin embargo, el objetivo final sería la división en tres nuevas empresas, una de ellas especializada en productos agrícolas. Según The Wall Street Journal, la fusión ayudaría a enfrentar las malas condiciones del negocio, agravadas por el descenso del precio de los commodities agrícolas. Esta nueva compañía controlaría alrededor del 40% de las ventas de semillas de soja y maíz en los EE.UU., y alrededor del 20% del mercado de agroquímicos a nivel mundial.
Syngenta, por su parte, recibió dos ofertas de compra por parte de Monsanto, a las cuales no accedió por considerarlas “insuficientes”. Los negocios de Syngenta se enfocan más a la producción de químicos para el agro, mientras que Monsanto invierte fuertemente en biotecnología. Según denunció Silvia Ribeiro, del grupo ETC, el beneficio para Monsanto consistiría en acceder a una nueva cartera de agroquímicos, ya que su principal producto (el glifosato) se encuentra en crisis por la aparición de malezas resistentes y su caracterización como “probablemente cancerígeno” por una agencia de la Organización Mundial de Salud. De esta forma, Monsanto atenuaría su falta en investigación sobre pesticidas alternativos, y probablemente cambiaría de nombre como medida publicitaria.
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Las negociaciones entre Syngenta y Monsanto no dieron frutos y Syngenta fue adquirida por China National Chemical Corp. (ChemChina) en 43.000 millones de dólares. El interés particular de esta empresa estatal china es acceder a las patentes de cultivos modificados genéticamente que aún no se cultivan comercialmente en el país asiático, un paso más en la política oficial de apertura hacia estos cultivos.
Esta derrota parcial de Monsanto profundizó su crisis interna, llevando a un recorte del 15 % en su personal y, finalmente, a negociaciones de fusión con los dos gigantes restantes: Bayer y BASF. La fusión con la primera fue saludada como complementaria, ya que aumentaría la presencia de Bayer en el negocio de las semillas, aportando la experiencia de la empresa alemana en investigación y su “buen nombre” en el mercado europeo, algo de lo que Monsanto carece. Pero la oferta fue rechazada por insuficiente.
Es probable que en los próximos meses se vea una mayor concentración entre las grandes empresas del agronegocio. A principios de los años 80 del siglo pasado, el negocio de las semillas se repartía entre varios miles de productores. Con las técnicas de ingeniería genética, las grandes empresas químicas pusieron su objetivo en el agro. Mediante la manipulación de semillas para que resistieran los mismos productos que estas empresas producían, crearon un círculo vicioso de dependencia e impusieron sus productos a escala global. Esto muestra lo irracional que resulta la producción alimenticia en manos de los grandes monopolios, cuyo objetivo esencial es la obtención de mayores ganancias. Las posibilidades tecnológicas son inmensas pero en manos de estas empresas no hay esperanza de que se utilicen para acabar con los padecimientos reales de la gran mayoría de la humanidad.
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Santiago Benítez
Dr. en Biología. Investigador del Conicet. Militante del Partido de Trabajadores Socialistas (PTS).