El covid-19 ha traído consigo una pandemia de proporciones históricas y una crisis con estragos aún incalculables, afecta la economía, pero también la salud mental.
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Emilia Macías @EmiliaMacas1
Viernes 5 de junio de 2020
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La pandemia que estamos viviendo nos mostró lo endeble de una sociedad que se vio obligada a nivel global a decretar el encierro masivo de millones de personas, el cese de tareas económicas no indispensables, y sobre todo que quienes mueven al mundo, los millones que enfrentaron al Covid-19 en sus centros de trabajo.
Sin embargo, está situación que se nos presenta como extraordinaria, aunque era el resultado más previsible en un mundo que privilegia la ganancias de unos pocos sobre nuestras vidas, ha traído graves costos para las y los mismo de siempre, millones de despidos, de personas contagiadas, miles de muertes y con esto, un impacto importante a la salud mental.
Si bien es cierto que padecimientos como la ansiedad, depresión y la búsqueda de “salidas” como el suicidio, se dan por múltiples factores y se daban antes de la pandemia, no podemos aislar la importancia del contexto social cuando se trata de trastornos mentales.
No es sólo el cierro que no puede ser cumplido por todos, tampoco son sólo los y las contagiadas, el personal médico y trabajadores esenciales -que se están llevando algo de la peor parte-, también es la profunda incertidumbre de saber si habrá algo de comer que llevar a casa.
El sector que no vive en las condiciones necesarias para aislarse. Más de la mitad de las familias trabajadoras del país viven esta realidad en carne propia, primero porque su salario es tan bajo que no alcanza para encuarentenarse y mantener a una familia, o porque son obligados a seguir laborando aun en sectores no esenciales. También está la presión de que al salir se exponen al contagio.
Por otro lado, los desempleos masivos alrededor del mundo son otra causa de angustia o depresión. Las grandes empresas están dejando a los trabajadores en las calles para salvar sus ganancias ¿cómo eso no podría afectarnos? La mayoría no sabe si llegará a fin de mes.
Si la OMS calculaba antes de la pandemia que la depresión afecta a más de 300 millones de personas en el mundo, que cerca de 800,000 personas se suicidan al año, siendo además el suicidio la segunda causa de muertes en jóvenes de 15 a 29 años y que el 78% de los suicidios se producen en países bajos y medianos ingresos, ¿entonces cómo estaremos ahora?
No es casual que la depresión y sus consecuencias, como el suicidio, se hayan convertido en una de las principales “enfermedades del siglo XXI” y una de las principales causas de defunción, en particular para un amplio sector de la juventud trabajadora –o que lo será en un futuro próximo– que vemos fracturadas nuestras esperanzas por tener una vida digna.
Día a día se ven más golpeadas las condiciones laborales, sin derecho a jubilarnos, ni tener salarios dignos. Además con mayor dificultad de estudiar, ya que tenemos las peores condiciones de trabajo y sólo accedemos a la educación un porcentaje menor al 15% de los que presentan examen de selección a la universidad, sin contar a los que desertan antes por falta de recursos.
Un entorno con pocas posibilidades, sumergido en la violencia estructural del capitalismo, como el narco, el feminicidio, el patriarcado y la homofobia, muestran un panorama, que si asumimos desde nuestra individualidad es por demás desolador.
Es por esto, que algunas prácticas psiquiátricas vean la depresión desde un punto de vista individual, que obvian la realidad en la que vivimos. Pero esta concepción sólo atribuye a que quienes la padecen la entera responsabilidad, e impedie que identifiquen claramente lo que le sucede, brindando como única opción, que lo arregle desde lo individual y lo sufra en silencio. Pero esto fortalece la idea de que no es un problema social.
Entonces ¿Cómo la cambiamos?
Sí, la depresión y ansiedad nos tiran, nos hacen pensar que nada vale la pena, sí vivimos en una situación donde nos falta comida, quizá no salgamos o faltemos a nuestras clases, incluso el peso de ayudar a nuestra familia nos crea una mayor presión.
Este sistema quiere hacernos pensar que debemos enfrentarlo en la soledad de nuestra existencia, pero NO, enfrentar nuestras situaciones personales de esa manera es darles el gusto de que aceptemos el mundo al que nos quieren condenar.
Es cierto, las posibilidades educativas cada vez son menos, y los trabajos cada vez peores, pero hay que negarnos a pensar que hemos aceptado una realidad así. Si creemos que las sociedades se transforman y se construyen, entonces como jóvenes tenemos que volcarnos a exigir una vida que merezca ser vivida.
Abrir las universidades, arrebatarles a los miserables patrones salarios que rindan para la canasta básica, conquistar derechos laborales y jubilación, pero sobre todo, pelear porque nuestro futuro puede ser diferente, y garantizar mejores condiciones para las generaciones venideras se vuelve una tarea urgente.
De la mano de esto, conquistar que la salud mental sea tratada con una perspectiva distinta, que no nos recluya o individualice, porque para transformar lo que nos pasa, hay que cambiar todos los factores que nos llevan a tener ciertos padecimientos. Y sobre la base de eso atender nuestras emociones de forma emancipadora, y que no nos excluya de la sociedad. Pues queda claro que en el marco del capitalismo, solamente “servimos” si somos productivos. Pero la vida es (o debería ser) mucho más que eso.
Hay que pelear por un mundo donde nuestra educación y salud esté garantizada, que nuestra vida no se pierda pedaleando un pedido de una app o encerrados en un call center, un mundo donde podamos decir que la opresión, el patriarcado, la homofobia y el racismo pueden ser arrancados de raíz.
Y para eso necesitamos organizarnos, con una perspectiva clara, política y que tome partido, convirtiendo las penurias y alegrías de la juventud en organización y que mire como aliados a la gran masa trabajadora que mueve la sociedad. Entonces tomemos partido, en perspectiva revolucionaria y socialista, que cambiar el mundo es posible y dejarlo como está ya no es una opción.